La creatividad como antídoto para la depresión

No podemos descartar el increíble poder curativo de la creatividad y de la expresión artística ante problemas como la ansiedad y la depresión, por lo que me he propuesto hacer una pequeña lista con las actividades que yo mismo he llevado a cabo y que me han funcionado bastante bien para enfrentarme a esos períodos de angustia y que ponen trabas a mi propio desarrollo personal.

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Aviso: La depresión sobre la que versa este artículo no tiene nada que ver con la depresión clínica sufrida por muchas personas hoy en día. Para mayor información, puedes consultar a un profesional, un Psicólogo o un Psiquiatra. Sólo uno puede diagnosticar esta enfermedad. Asimismo, la lista que aparece en este artículo es de procedencia personal.

Ayer mi vida fue más fácil.

Por la mañana, me levanté antes de que sonara la alarma y comencé mi rutina diaria con entusiasmo. Hice unos cuantos estiramientos, bebí un poco de agua fresca, me preparé una taza de café y dispuse mi computadora para escribir algo, ya fuese un artículo, una entrada en mi bitácora personal o continuar con algún cuento. Como la ventana de mi habitación da al sur, durante el invierno e inicios de primavera es posible ver el amanecer y el atardecer desde mi cama; a veces, en lugar de escribir, me limito a contemplar el amanecer con la taza de café caliente en la mano. Después, poco antes de las diez, tomo mi bicicleta para llegar al trabajo.

El día es genial, relativamente sencillo, con sus consabidos retos. ¿Pero no es eso lo que hace interesante la vida? Me desempeño como diseñador gráfico en una imprenta, así que debo recurrir a todas mis dotes creativas para poder ofrecerles soluciones efectivas a los clientes que acuden a la empresa, algo que disfruto hacer porque me sale muy fácil. Al final, todos quedamos contentos: los clientes, mis jefes y yo mismo por la satisfacción que me causa hacer mi trabajo.

Por último, regreso a mi casa. Preparo la cena, me doy una ducha y me meto a la cama con un buen libro. Si me llega alguna buena idea para escribir, la anoto rápidamente en una libreta que tengo a mano. Si inicié algún proyecto de encuadernación, avanzo lo más posible. Un par de horas más tarde, ya cansado, me retiro a dormir.

Mi día, en pocas palabras, fue intenso y gratificante.

Hoy, sin embargo, las cosas fueron distintas.

Para empezar, me costó muchísimo levantarme, principalmente porque no dormí bien. Estuve despertándome en numerosas ocasiones, siempre por la urgencia de hacer algo que tenía pendiente, aunque no tenía muy claro el qué. Hago un esfuerzo que me parece sobrehumano y salgo de la cama, aunque con desgana. Con la misma actitud me preparo el desayuno.

¿Me quedó tiempo para escribir algo? No, porque desperdicié la última hora antes de salir a trabajar preocupándome por mi situación económica, mis problemas personales, sentimentales y sociales, y por los muchos pendientes del trabajo que, de pronto, no se me ocurrió cómo resolver.

De todos modos, me pongo la ropa (los calcetines y los zapatos son particularmente difíciles), agarro mi bicicleta y salgo al trabajo.

Afuera las cosas no me son más amenas. Me da la sensación de que el sol quema mucho más que de costumbre y de que el calor es más, si cabe, sofocante. Pedalear me cuesta muchísimo, pues me duelen las piernas, y se me va el aire con facilidad. Las pendientes que hay al bajar de los puentes son un alivio, pero no lo suficiente como para subirme el ánimo.

En el trabajo me va mal. Estoy tan falto de ideas que me la paso el día entero haciendo una sola cosa, que ni siquiera termino por estar distraído. Las redes sociales me llaman a perder el tiempo, y aunque intento ignorarlas, en numerosas ocasiones me descubro a mí mismo gastando mis preciados minutos laborales leyendo noticias estúpidas que no me importan.

Cuando el día laboral termina, me siento cansadísimo, tanto física como mentalmente. Vuelvo a montarme en la bici, pero la perspectiva de volver a mi casa me desanima: como en la mañana perdí mucho tiempo, no hice mi cama ni lavé los trastes sucios del desayuno, cosas que ahora tendré que hacer. Además, la sola idea de prepararme la cena a mí mismo me deja agotado. Prefiero meterme directo en la cama, sin ducharme, y echarme a dormir.

Pero esto no pasa. Se me va el sueño. Si intento pegar ojo, comienzo a pensar en todos mis problemas. Sin embargo, en lugar de buscar una solución efectiva, agarro mi celular y entro a Facebook o a Instagram para distraerme. Cuando dan las dos o tres de la madrugada, ya demasiado cansado para seguir leyendo, me tumbo de lado en la cama e intento dormir. Lo logro, pero con trabajos, y la calidad del sueño es muy mala.

Al día siguiente, las cosas no son mejores.

¿Qué me sucede?, me pregunto entonces. Es como si toda la felicidad y entusiasmo de mi vida se hubiesen esfumado. Pero esto no es nuevo: me ha pasado antes, en numerosas ocasiones, y cada vez por períodos más largos.

En pocas palabras, estoy deprimido.

Dejé que todos mis problemas me agobiaran. Olvidé, de pronto, todo mi valor personal y lo eché por el caño, dejándome en un profundo estado de pesar en el que nada tiene importancia. ¿Mi segunda novela? Nah, estoy demasiado cansado. ¿Otra entrada para el blog? ¿Con qué objeto, si nadie lo lee? ¿Encuadernar un nuevo ejemplar de mi nueva novela, ya publicada en Amazon y que nadie compra? Bueno… ni para que seguirle.

Todo se me ha apelotonado alrededor de la cabeza y no me deja ver lo bueno de la vida.

Sin embargo, quiero hacer notar aquí que mi depresión no es tal. El fantástico DSM-IV (siglas en inglés para la cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) tiene sus propios parámetros para definirla, así que aquí más bien se estaría hablando de un prolongado período de melancolía.

Pero basta de tecnicismos y definiciones. El lado amable es que ya encontré una solución, un antídoto, digamos, para escapar de estos períodos de tristeza en los que la vida parece no tener valor. ¿Y cuál es éste?

Pues muy sencillo: la creatividad.

La creatividad como antídoto para la melancolía

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Pues sí. Puede sonar demasiado sencillo, especialmente considerando que para ser creativos no se puede estar deprimidos. Pero es la verdad. La creatividad ayuda a esfumar la depresión. No inmediatamente: es un proceso largo. Es como salir poco a poco del pozo de auto-desprecio en el que uno mismo se mete, clavando las uñas entre los resquicios que hay en los ladrillos del muro y buscar asidero en ellos para salir. En otras palabras: es difícil y cansado, y se tarda en obtener resultados, pero no es imposible.

Sin embargo, para empezar, ¿qué es exactamente la creatividad?

Llorenç Guilera, en su Anatomía de la creatividad, propone que es «percibir, idear, expresar y convertir en realidad algo nuevo y valioso», aunque después admite que, como muchos otros conceptos de nuestro idioma, es algo difícil de delimitar.

Como sea, esta definición, así como la usada en el Diccionario de la Real Academia Española («capacidad o facilidad para inventar o crear»), han llevado a la creencia popular de que la creatividad está, única y exclusivamente, relacionada con la innovación, es decir, con la capacidad para crear cosas que no existían con anterioridad, y que funcionarán como una solución a un problema concreto.

Sin embargo, yo creo que la creatividad va mucho más allá de eso y que su definición puede ser más amplia, por no decir que también más libre.

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Clarissa Pínkola Estés, psiquiatra estadounidense de ascendencia latina, propuso en su libro Mujeres que corren con los lobos un nuevo concepto de creatividad, centrándose, por supuesto, en el origen de su etimología. Creatividad proviene de crear. Así de fácil. En el capítulo 10, «El agua clara: el alimento de la vida creativa», la autora lo define de la siguiente manera:

La creatividad cambia de forma. En determinado momento tiene una forma y al siguiente tiene otra. Es como un espíritu deslumbrador que se nos aparece a todos, pero que no se puede describir, pues nadie se pone de acuerdo acerca de lo que ha visto en medio de aquel brillante resplandor. ¿Son el manejo de los pigmentos y los lienzos o los desconchados de la pintura y el papel de la pared unas pruebas de su existencia? ¿Qué tal el papel y la pluma, los macizos de flores que bordean la calzada del jardín o la construcción de una universidad? Sí, por supuesto. ¿Planchar bien un cuello de camisa, organizar una revolución? También. ¿Tocar amorosamente las hojas de una planta, concertar el «acuerdo de tu vida», cerrar el telar, encontrar la propia voz, amar bien a alguien? También. ¿Sostener en brazos el cálido cuerpo de un recién nacido, educar a un niño hasta la edad adulta, ayudar a una nación a levantarse? También. ¿Cuidar el matrimonio como el vergel que efectivamente es, excavar en busca del oro de la psique, encontrar una palabra hermosa, confeccionar una cortina azul? Todo eso es fruto de la vida creativa. […] Es el amor, es amar algo —tanto si es una persona como si es una palabra, una imagen, una idea, la tierra o la humanidad— hasta el extremo de que todo lo que se pueda hacer con lo sobrante sea una creación. No es cuestión de querer, no es un acto individual de voluntad; es simplemente algo que se tiene que hacer.

Así pues, la creatividad sería la capacidad de un individuo para crear algo allí donde antes no había nada, aunque no es necesario que ese algo sea totalmente nuevo. Se requiere solamente de cierta convicción artística y, por supuesto, de una fuerte sensibilidad. Crear, por tanto, es hacer, expresar lo que uno lleva dentro y verlo cobrando forma en el mundo real.

Pero esta expresión creativa no se limita solamente a las Bellas Artes o, siquiera, a las artesanías. La creatividad va mucho más allá, abarcando distintas tareas y actividades que van desde la dedicación de tu vida al cuidado de los enfermos, hasta la jardinería con propósito sanadores y no precisamente estéticos.

Es gracias a este amplio concepto de «creatividad» que autores y psicólogos, como la ya mencionada doctora Estés y Wayne Dyer, otro reputado escritor de libros de autoayuda, han utilizado diferentes expresiones creativas como métodos para aliviar los síntomas de angustia relacionados con la depresión.

Aquí, no obstante, encontramos un punto bastante interesante, y es que aunque la creación parece ser una fuerza contraria a la depresión, algunos grandes artistas opinan que existe una curiosa relación paradójica entre tristeza e inspiración (para más información, recomiendo leer el artículo de María Popova, de Brain Pickings, sobre este tema).

Como fuere, no podemos descartar el increíble poder curativo de la creatividad y de la expresión artística ante problemas como la ansiedad y la depresión, por lo que me he propuesto hacer una pequeña lista con las actividades que yo mismo he llevado a cabo y que me han funcionado bastante bien para enfrentarme a esos períodos de angustia y que ponen trabas a mi propio desarrollo personal.

Cabe mencionar que esta lista la he basado en mi propia experiencia, y no tiene ningún fundamento científico o médico, aunque tampoco descarto mi afán por compartirlo con otros en un intento por ayudar. Al fin y al cabo, nada se pierde en este mundo por intentar algo nuevo.

En fin…

La lista

1.- Vuelve a enfocarte, encuentra tu centro

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Hace 2 años, cuando inicié mi proyecto de encuadernación, mi objetivo principal era aprender y perfeccionar dicha técnica para publicar por mi propia cuenta mi primera novela. Con el paso del tiempo surgieron otras ideas y, guiándome por comentarios de mis bien intencionados amigos, terminé desviándome un poco del plan original y transformé mis primeros esfuerzos en la cimentación de un posible negocio de venta de cuadernos artesanales.

El proyecto avanzó bien hasta que llegó un pedido seriamente grande que sobrepasaba mis posibilidades. A partir de entonces dejé de disfrutar lo que estaba haciendo y me distancié por completo de toda actividad relacionada con la encuadernación de libros.

¿Qué me había pasado? Pues que había olvidado mi objetivo principal.

Si bien no estoy en contra de cambiar de planes conforme uno trabaja (actualmente ya he emprendido con la idea de vender mis cuadernos artesanales), sí me parece importante mantenerse enfocado.

Las siguientes preguntas son muy importantes: ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué debes hacer para conseguirlo? Sin embargo, la lucha y el trabajo diarios nos pueden hacer perder de vista lo que buscamos. Después de todo vivimos rodeados de estímulos que nos distraen: comentarios de terceros sobre lo que nos conviene, otras actividades que también nos interesan y, de vez en cuando, la consabida falta de inspiración son algunas de ellas.

Aquí es cuando se vale detenerse. Sí, quizá el negocio avanza bien, pero ¿de qué sirve que sigas trabajando como un burro si no disfrutas para nada lo que estás haciendo o si ya ni siquiera sabes por qué lo haces? Mejor tómate un respiro, descansa por un par de días y vuelve a encontrar el centro de tu ser en medio de todo el ajetreo. En pocas palabras: vuelve a enfocarte.

Una vez que lo hagas, ayudarás a mitigar la sensación de que avanzas dando tumbos sin sentido.

2.- Escribe en un diario

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En Tus zonas erróneas, Wayne Dyer propone que gran parte de los «problemas» que agobian a las personas se deben a que han olvidado la responsabilidad que tienen para con sus propias vidas. «No importa cuál sea tu situación —nos dice él—, si es buena o mala, el máximo responsable de ella eres tú».

Así pues, es hora de tomar cartas en el asunto y recuperar parte de tu vida. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Por dónde se puede empezar?

En lo personal, he descubierto que un diario o bitácora es una buena forma para encontrar respuesta a esas preguntas. El primer paso para solucionar un problema es admitir que tienes uno, y la escritura en un diario puede evidenciar esto. Cuando escribes, aunque sea unos pocos párrafos, de tu experiencia diaria, así como tus opiniones o pensamientos sobre determinado tema, puede ayudarte a entender o asimilar mejor la situación.

Esto ayuda a mitigar la sensación de inopia que a veces nos asalta cuando andamos melancólicos. Si no entiendes nada de lo que sucede a tu alrededor o te desconcierta tu propio comportamiento o reacciones ante determinadas situaciones, entonces un diario puede serte de mucha ayuda.

Además, es un buen hábito que mejora la memoria. Puedes leer más sobre el tema en este artículo de Pijama Surf.

3.- Perdona a los demás y a ti mismo

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Quizá alguien te hirió en el pasado y el recordatorio constante de eso es lo que te sume en el profundo pozo en el que a veces te sientes atrapado. O puede que después de una ruptura amorosa no te hayas recuperado todavía y en este momento te recrimines por tu estupidez.

Hey. Tranquilo. Te recomiendo que perdones.

Perdonar no significa, ni mucho menos, olvidar una ofensa. Sin embargo, el daño está hecho y las cosas jamás a volverán a ser como antes. Aunque el polvo cósmico vuelva a asentarse tras una fuerte agitación, su configuración y patrones serán totalmente distintos. Es el curso natural de la vida.

Así pues, perdonar es un largo proceso que implica soltar, dejar ir, tanto a una persona como una situación, y te permite concentrarte en lo que tienes delante. Además, piensa en lo inútil que es guardar rencor; es como si alguien te lanzara una carga que no es tuya y tú te empeñaras en mantenerla y moverla como fuere. Perdonar no tiene que ver tanto con los demás como contigo mismo.

4.- Ámate a ti mismo

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Algunas veces, las causas de la depresión y de la melancolía pueden estar relacionadas con una baja autoestima que, digámoslo de paso, se ha vuelto un problema recurrente en nuestra sociedad. La relación con el propio cuerpo juega también un papel importante. Revistas, programas de televisión y estrellas de la farándula se han dedicado a educarnos de cierta manera para percibir y estimar la belleza, y todo lo que se sale de ese estándar es considerado feo.

Para bien o para mal, muchas personas no entramos en los cánones de belleza establecidos por la sociedad. Las formas naturales de los cuerpos varían mucho de lo que vemos en la pantalla o en un cartel publicitario, pero eso no significa que no puedan considerarse bellos. Simplemente se encuentran fuera de la norma. ¡Y eso es genial!

Así pues, es momento de aceptarte tal y como eres, tanto por dentro como por fuera. Quizá haya partes de ti que quieras cambiar. A lo mejor tu «inteligencia» no alcanza a cumplir las expectativas que te has impuesto, o que el color de tu cabello no sea totalmente de tu agrado. Esto, sea como sea, lo puedes cambiar. Tíñete el cabello y comienza a tomar clases de regularización, o toma un curso por internet.

No obstante, también recuerda que hay cosas que no pueden cambiarse tan fácilmente. Aquí es donde entra en juego la aceptación. Ojo: como con la creatividad como antídoto para la melancolía, el proceso para formarse una autoestima puede llevar tiempo, pero la auto-aceptación es un buen primer paso para ello.

5.- Sé paciente contigo mismo

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Estoy editando mis primeras dos novelas. Al mismo tiempo, estoy emprendiendo un negocio nuevo de encuadernación (pueden encontrarlo en Facebook como Notebooks by the Sea), a la vez que mantengo un trabajo como diseñador gráfico al que me dedico durante ocho horas diarias. Además, intento mantener una media de lectura de un libro al mes. ¡Hay muchísimo por hacer y tan poco tiempo!

Esto a veces me desespera de mí mismo. ¿Por qué soy tan desorganizado o por qué tengo siquiera la necesidad de dormir? Eliminando esto último podría hacer más, muchísimo más. Pero, ¿con qué objeto? Claro, tengo mis razones, pero no hay un deadline que me obligue a hacer todo en un tiempo determinado. A fin de cuentas, «hay más tiempo que vida».

Por ello, procuro ser un poco más paciente conmigo mismo en el plano personal. De nada sirve presionarme demasiado al punto de violentarme. Mejor me tomo un respiro, quizá para volver a enfocarme, y después sigo trabajando con el mismo tesón.

6.- Sé disciplinado con tus proyectos

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Contrario al punto anterior, sobre la paciencia hacia uno mismo, debería decir que ésta tiene un límite. De tanto pensar en la gran cantidad de tiempo que se tiene por delante, hay la posibilidad de caer en la auto-indulgencia, una trampa que nos lleva a la inmovilidad.

La disciplina ha obtenido en nuestros días un matiz negativo. Cuando escuchamos esta palabra, pensamos en sistemas rígidos o en un modelo al que debemos someternos para lograr algo. Incluso pareciera que la disciplina no puede ir a la par que la libertad, convirtiéndose con eso en un concepto contradictorio.

No obstante, ¿acaso no es necesaria la disciplina para alcanzar cualquier objetivo?

Ser disciplinado significa ceñirse a una rutina para alcanzar una meta. Si quieres construir una torre de cartas de cierta altura, entonces cada día debes crear un piso de naipes sobre el que hiciste el día anterior. Si no haces esto, si, por el contrario, prefieres hacerlo cuando «estés inspirado», no podrás lograr tu objetivo.

Sin embargo, ¿cómo se logra esto? Por medio de un método llamado ritualización.

El cuerpo se adapta y acostumbra a todo. Si comes todos los días a la misma hora, conforme ésta se acerca tu estómago comenzará a prepararse para recibir los alimentos; si no te alimentas, sentirás retortijones.

Un ejemplo más claro está relacionado con los problemas de insomnio. Numerosos estudios han demostrado que las personas que duermen mal o tienen una calidad deficiente de sueño, suelen tener el mismo problema: usan su cama para otras actividades además de dormir. Cuando se supone que deben dormir, el cerebro ya se ha acostumbrado a que la estancia en la cama está relacionada con otras actividades, como comer, trabajar en la computadora, usar el celular, etc., y no precisamente a dormir. ¿Cuál es la solución? Durante un tiempo, sólo usa la cama para dormir. Tu cuerpo se irá acostumbrando y pronto dormirás mejor.

Lo mismo aplica para las actividades creativas.

Y aquí es donde lo contradictorio entra en escena. Por lo general se cree que la creatividad es, en esencia, un acto de libertad. Someterla a una rutina sería matarla. ¿Pero qué hay de los «rituales»? Maria Popova lo explica mejor en su artículo The Psychology of Writing.

La actividad creativa requiere de cierta disciplina para desarrollarse. El ser humano sólo puede ser productivo creativamente si entra en estado de flujo. Y si algo nos enseñó el documental Happy, es que las personas que pasan mucho tiempo en dicho estado, tienden a ser mucho más felices.

Así que seamos disciplinados. La torre de naipes no se va a hacer sola. Y si no te gusta pensar en la rutina porque te recuerda un sinnúmero de conceptos negativos, entonces cámbiale el nombre. Llámale «ritual». Que sea lo que haces cada mañana para sentirte inspirado. Pero tampoco te dejes dominar por esa actividad, porque entonces sí, habrás matado tu creatividad.

La idea es seguir el consejo de Picasso: «La inspiración existe, pero debe encontrarte trabajando.»

7.- Aprende algo nuevo

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En 2016 mi familia sufrió una crisis económica bastante fuerte que, prácticamente, nos sumió en la bancarrota. Una situación así puede llevar a cualquiera a la desesperación y la depresión, pues no sabes cuándo ni cómo acabará.

Por suerte, por aquellos días, me sentía lo bastante bien de ánimo como para buscar en internet un curso de encuadernación. Era la primera vez que entraba en contacto con esta actividad y, francamente, fue como mi salvación para evitar deprimirme por lo me ocurría en el plano económico.

Con ello, descubrí que el aprendizaje es esencial para el desarrollo de la felicidad. Cuando somos niños esto es más patente. ¿Quién no recuerda haber ido a la escuela con entusiasmo porque se estaba aprendiendo algo nuevo todos los días? (Lamentablemente, este espíritu hambriento de conocer se muere por culpa del sistema educativo deficiente que tenemos). ¿No sería bueno retornar a una presencia de ánimo similar y recordar que el aprendizaje es algo que no se termina?

Una lámina de Zen Pencils, inspirada en un discurso de Isaac Asimov, lo ilustra mucho mejor que yo. Aquí pueden verla.

8.- Ejercítate

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Mucho se ha hablado ya sobre los beneficios de hacer ejercicio.

Éste, al ayudar a nuestro cuerpo a liberar diferentes sustancias que ayudan a hacernos sentir mejor (como la dopamina y endorfinas), puede contribuir a combatir algunos síntomas de la depresión.

Curiosamente, la relación entre ejercicio y depresión es paradójica: cuando estás deprimido, hacer ejercicio es lo último que te viene a la mente. Pero tiene sus ventajas y no es necesario realizar alguna actividad en específico para sentir sus efectos terapéuticos.

No es necesario que te inscribas a un gimnasio ni que interactúes con nadie (la idea es causar la menor ansiedad posible, ¿no?), sino con que te muevas un poco durante al menos 30 minutos al día.

Caminar por el parque paseando al perro, andar en bicicleta por el vecindario, lavar el coche, subir y bajar escaleras, nadar en el mar, saltar como loco en tu cuarto y bailar, son sólo algunas de las cosas que puedes hacer.

Además, hacer ejercicio también ayuda al desarrollo de la creatividad. ¿Cómo? Al aumentar nuestras frecuencias cardíaca y respiratoria, el cuerpo requiere de más oxígeno. Éste llega en mayores cantidades al cerebro y le permite trabajar mejor.

Así que anímate y motívate. Probablemente te sientas genial después de un poco de actividad física. Yo mismo lo he probado.

9.- Medita o practica alguna actividad espiritual

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Meditar, como hacer ejercicio, ha demostrado tener muchos efectos positivos, especialmente a nivel neurológico. El problema con la meditación es que se ha rodeado de un estigma religioso que no es verdad.

Para meditar no tienes que creer en nada en particular. No es necesario a unirse a un grupo (ni siquiera tienes que hacerlo acompañado) o estar en un lugar específico o tener un pensamiento en especial para comenzar a sentir sus efectos.

Meditar es muy sencillo. Se explica a la perfección con este vídeo:

¿Y sobre los beneficios? Algunas fuentes mencionan los siguientes: alivio de la ansiedad, mayor eficiencia laboral, presión arterial saludable, manejo de la hiperactividad y aumento de la concentración.

Meditar, en pocas palabras, hace con el cerebro lo que el ejercicio con el cuerpo. Es como ayudarlo a estirarse, contraerse y, finalmente, desarrollarse, llevándonos con ello a controlar algunos de los síntomas relacionados con la depresión.

Uno de los beneficios no enumerados antes y que es quizá uno de los mejores que nos puede traer el meditar, está el de la práctica de la conciencia plena. Esta última sirve como ejercicio para desarrollar otras habilidades y, en suma, poder crecer espiritualmente, que es otra de mis sugerencias para combatir la depresión.

Cuando menciono «alguna actividad espiritual» me refiero a todo aquello relacionado con la espiritualidad secular, no la religiosa. Prácticas como la compasión (el deseo activo de aliviar el dolor del otro) y el agradecimiento (cobrar consciencia de lo que sí tenemos y dejar de concentrarnos en lo que carecemos), nos ayudan a darnos cuenta de lo afortunados que somos. Esto, claro, sin menospreciarnos al mismo tiempo. A fin de cuentas, el primer ente que se merece nuestra compasión somos nosotros mismos, ¿no?

10.- Exprésate

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Uno de los mayores problemas de nuestra sociedad actual es el distanciamiento que tenemos con los demás. Las nuevas tecnologías, así como el internet, aunque han ayudado a conectarnos con una fuente de conocimiento prácticamente ilimitada, así como con otros que están lejos de nosotros, también ha contribuido a que nos aislemos un poco más, y no sólo de los que nos rodean, sino hasta de nosotros mismos.

Este desconocimiento de nuestra propia naturaleza puede ser, en primer lugar, el causante de nuestro estado melancólico, y para volver a encontrarnos, salir de ese profundo pozo de desesperación, es necesario conocernos, saber de qué estamos hechos, qué requerimos para ser felices y, sobre todo, quiénes somos en realidad.

La expresión, en cualquiera de sus formas, es una de las mejores maneras.

De hecho, aunque está al final de la lista, éste es quizá el punto más importante de mi entrada, su corazón y centro neurálgico. Porque al final se trata de ser creativo y usar la creatividad y la expresión como una manera de sanar nuestro ser.

Como menciona la doctora Estés en Mujeres que corren con los lobos (y citada anteriormente aquí mismo), la expresión creativa no se limita solamente a las Bellas Artes, sino también a una amplia gama de actividades con la que podamos conectarnos, entrar en el preciado estado de flujo que necesitamos para alcanzar la felicidad.

Aquí mi consejo es muy sencillo: exprésate.

No es necesario que hagas algo en específico para ser creativo y expresarte. Puedes pintar un cuadro, escribir un poema (o la entrada de un blog), componer una canción, diseñar un edificio o dirigir una película. Pero también puedes preparar tu platillo favorito (demuéstrate a ti mismo que te quieres), hablar con un amigo, gritar contra una almohada o en algún lugar alejado de la ciudad pero cerca de la naturaleza, correr con todas tus fuerzas, nadar, entregarte a tu trabajo, cuidar a tu madre enferma, contarle un cuento a tu hijo, besar a alguien, tener sexo…

Y bueno, la lista es muy larga.

Lo importante es que te expreses y, con ello, que llegues a conocerte, sepas quién eres y volverte a encontrar.

CONCLUSIÓN

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La depresión y la melancolía son serios problemas de salud que cada vez afectan a más personas alrededor del mundo. Las redes sociales han contribuido a cambiar la imagen que teníamos de nosotros mismos, estableciendo en el camino diversos estándares imposibles de cumplir: éxito, belleza, propósito, son sólo algunas de las cosas que han cambiado de significado.

Mi primera recomendación para una persona deprimida es que busque ayuda profesional. Los psicólogos y psiquiatras están ampliamente entrenados para tratar este problema. Esta lista no es más que una ayuda adicional para sobrellevarlo y darle a la vida de quien se trata de una nueva dimensión que vaya más allá de la que tiene.

Habla con tus amigos si sientes que algo no anda bien, rodéate de gente que te ama y recuerda lo más importante: pese a lo que los medios y la sociedad te hayan hecho creer sobre los trastornos mentales o las personas que van al psicólogo, una persona con depresión tiene exactamente el mismo valor y capacidades que una que está «sana».

Esto último lo pongo entrecomillado porque ninguno estamos en realidad completamente sanos. Algunos lo ocultan de mejor manera; otros deciden expresarlo, abrazar esa imagen de sí mismos y darla a conocer al mundo como algo normal. Porque lo es.

Es más peligroso no hacer nada.

¿Tú qué opinas? ¿Hay algo en particular que hayas hecho para lidiar con la tristeza, la melancolía y la depresión? Compártelo aquí para que alguien lo lea y sepa que no está solo.

Autor: M.U.R. Valdez

Un escritor joven pero inconstante, que está en proceso de publicar su primera novela, aunque todavía buscando, por todos los medios, cómo hacerlo. Amante del café, de la lectura y de la expresión creativa en general (cocinar, dibujar, tocar el piano y pintar en Photoshop). Pro LGBT

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